Editorial – 8 de marzo: las cifras que no queremos consultar

Editorial – 8 de marzo: las cifras que no queremos consultar

Cada año llegamos al 8 de marzo con la misma esperanza: ver un cambio. Un paso adelante en la sociedad, en el trabajo, en la relación entre hombres y mujeres. Pero, año tras año, la realidad vuelve a imponerse en forma de números. Números fríos, sin retórica ni mimosas, que dicen una verdad incómoda: la desigualdad de género no es pasado, es presente.

En Italia, según estimaciones preliminares de la encuesta “Seguridad de la Mujer” de Istat 2025, cerca de 6,4 millones de mujeres entre 16 y 75 años (31,9%) han sufrido al menos una forma de violencia física o sexual en su vida. No son cifras abstractas: son compañeras, amigas, hermanas, hijas.

El 18,8% ha sufrido violencia física y el 23,4% violencia sexual; de ellas, el 5,7% violación o intento de violación. En muchos casos, estos ataques no ocurren en lugares desconocidos, sino en espacios que deberían ser seguros: el hogar, la relación, la familia. Porque la violencia contra las mujeres rara vez es un episodio aislado: es una estructura, una cultura, una relación de poder.

El 26,5% de las mujeres ha sufrido violencia por parte de familiares, colegas o conocidos. Y dentro de la pareja la situación se vuelve aún más compleja: el 12,6% de las mujeres que tienen o han tenido pareja ha sufrido violencia física o sexual en la relación. A esto se suma la violencia psicológica (17,9%) y la económica (6,6%), que a menudo preceden o acompañan los abusos más visibles.

Las formas de violencia son múltiples: amenazas, intimidaciones, intentos de estrangulamiento. Más de 3,8 millones de mujeres han sufrido acoso con contacto físico no deseado y más de 700 mil violaciones o intentos de violación.

El acoso también es frecuente tras el fin de una relación: lo sufre el 14,7% de las mujeres por parte de una expareja. En muchos casos, la persecución empieza precisamente después de la separación.

Los datos más alarmantes se refieren a las exparejas: 1,72 millones de mujeres han sufrido violencia física por parte de ellas y casi 950 mil violencia sexual. En el 84,1% de los casos, los abusos comenzaron cuando la relación aún estaba en curso. La violencia, por tanto, no surge de repente: crece lentamente entre control, manipulación y humillación cotidiana.

La violencia psicológica suele ser la primera jaula: aislamiento, control, devaluación y amenazas. El 10,6% de las mujeres ha sufrido aislamiento, el 12,6% control constante, el 9,6% violencia verbal y el 8,8% intimidación directa.

Hay mujeres a quienes se les impide decidir si tener hijos, que deben pedir permiso para ir al médico o que temen expresar una opinión frente a su pareja. Entre las víctimas de violencia psicológica por parte de un ex, el 21% admite haber tenido miedo incluso de hablar libremente.

A esto se suma la violencia económica, a menudo invisible pero devastadora: control del dinero, limitación de la autonomía, chantaje financiero. Afecta al 6,6% de las mujeres que tienen o han tenido pareja. Sin independencia económica, la libertad se vuelve frágil.

Pero la violencia no se limita al ámbito privado. También aparece en las instituciones, en los tribunales y en las leyes.

Un ejemplo reciente es el debate en Italia sobre la ley promovida por la senadora Giulia Bongiorno, que desplaza el foco del consentimiento al concepto de “voluntad contraria” de la víctima. Es decir, ya no se trata de probar si hubo un sí libre, sino si la víctima expresó un no.

Puede parecer un matiz, pero no lo es.

Según la Asociación Italiana de Psicología, durante una agresión sexual entre el 30% y el 50% de las víctimas experimenta inmovilidad tónica, una reacción neurobiológica que paraliza el cuerpo y la voz. Sin gritos, sin resistencia, sin “no”.

Ese silencio no es consentimiento: es trauma.

Por eso los psicólogos lo repiten con claridad: “el silencio no es un sí”. Basar la ley en la disidencia obliga a las víctimas a demostrar que resistieron lo suficiente, ignorando dinámicas profundas como el control coercitivo o la manipulación emocional.

Y cuando finalmente denuncian, muchas se enfrentan a otro obstáculo: la victimización secundaria. Aquella que ocurre en los tribunales, en los procedimientos o en preguntas insinuantes. El Convenio de Estambul, ratificado por Italia en 2011, obliga a evitarlo, pero sigue sucediendo.

El problema, sin embargo, no termina con la violencia. Forma parte de una estructura social más amplia.

En el trabajo, por ejemplo, la brecha salarial en Italia alcanza el 25%, casi el doble de la media europea. Las pensiones de las mujeres pueden ser hasta un 40% más bajas. Aunque representan el 51% de la población en edad laboral, solo ocupan el 42% de los empleos.

El 70% del trabajo no remunerado —cuidado del hogar, de los hijos o de personas mayores— sigue recayendo en ellas. El 76% del trabajo a tiempo parcial es femenino, muchas veces no por elección.

La maternidad también penaliza las carreras. En el Tirol del Sur, por ejemplo, los contratos temporales pasan del 10% al 34% tras el regreso de la baja por maternidad. Muchas mujeres abandonan el empleo en los primeros años de vida de sus hijos, aunque una parte importante de estas dimisiones podría evitarse con horarios flexibles.

Mientras que dos tercios de los hombres encuentran trabajo rápidamente tras un cambio laboral, las mujeres tardan una media de tres años en volver al mercado laboral.

Incluso en sectores de futuro, como la economía verde, la brecha persiste: las mujeres representan solo el 20% de los trabajadores en empleos verdes en Italia y apenas una de cada diez empresas de energías renovables tiene una mujer en la dirección.

La conclusión es clara: la violencia contra las mujeres no es una emergencia aislada. Es la expresión más extrema de una desigualdad estructural.

Y mientras esa desigualdad persista, la violencia también lo hará.

En 1946, cuando las italianas votaron por primera vez, Teresa Mattei eligió la mimosa como símbolo del 8 de marzo: una flor sencilla, accesible y resistente, capaz de crecer incluso en terrenos difíciles.

Casi ochenta años después, ese símbolo sigue teniendo sentido. No para celebrar una fecha, sino para recordar que la lucha continúa.